viernes, 1 de abril de 2016

RUPERTO ARIAS



RUPERTO ARIAS
El poeta Jorge Milikota decía "Que saben ellos, como quema el frio, como duele el hambre, si la historia siempre la cuenta el patrón”. La historia de nuestros pueblos, la historia de nuestras colonias, es la historia construida desde la cotidianeidad de los esfuerzos de personas que enfrentaron el calor, el frio, el hambre y se pusieron a construir sus sueños, empujados por la fe que los animaba.

Ruperto Arias
Nacido en la 2ª Sección de San Luís del Palmar, en la provincia de Corrientes, el 1 de abril de 1927, hijo de Ceferino Sánchez y de Sixta Arias, nieto de Adriana Arias, una médica yuyera paraguaya que tenía gran capacidad para los remedios naturales y siempre tenía mucha gente para atender, su papá era su ayudante.
Su mamá murió en 1938 en San Luis del Palmar. En 1939 pasó al Territorio Nacional del Chaco con el papá y cuatro hermanitos. Quedaron en Fortín Aguilar trabajando en un obraje que había en el desvío del tren, en una época en que no había colectivos y los colonos esperaban a la gente en la estación para contratarlos y llevarlos a trabajar a las chacras. Él todavía no trabajaba porque era muy chico, después fueron a Machagai a la cosecha de algodón; con solo 13 años llegó a la entonces Cañada Liva, en el Territorio Nacional del Chaco, a trabajar de carpidor, de cosechero, en los obrajes.
En 1947 cumplió con el servicio militar, recuerda que por esa época Vialidad Nacional abrió el camino que une a Presidencia de la Plaza con Colonias Unidas. En 1951 se fue a trabajar 20 meses en el Hogar Escuela de Resistencia, donde ahora está la UNNE, en la cual, por las vueltas de la vida, hoy trabaja una de sus hijas; luego regresó a la colonia donde todo se producía. No se compraba nada porque todo se tenía, todo se sembraba, “ahora ya nadie quiere trabajar porque no hay una buena retribución para el trabajador; lo bueno que hay hoy es que todos estudian” dice.
Se acuerda de aquella época en que la producción tenía buen valor: “tenía hasta diecisiete, dieciocho personal cosechero en el campo. Se trabajaba poco y se ganaba mucho”, “En esa época valía la plata, si yo a este campo lo compré por monedas”.
En 1952 murió su papá, quien le enseñó a tocar el acordeón. Integrante de una familia de músicos, fue cantante, guitarrero y acordeonista. Ruperto tuvo un conjunto de música con el que actuaban en diferentes lugares, lo hicieron en El Zapallar, en Presidencia Roque Sáenz Peña. Era un cuarteto integrado por Aparicio y Eustaquio Ayala, dos primos paraguayos que tocaban las guitarras, y él con Ángel Cardozo en acordeón.
Cuando se casó con Elena Benítez Ramírez, “yo era muy vago, pero abandoné todo mi deporte, que era la música, para formar y dedicarme a cuidar mi familia”, una familia integrada por 9 hijos que le han dado 21 nietos y 15 bisnietos; “ya somos el pueblito de los Arias”. Evoca que su suegro era muy delicado y él lo único que tenía como capital era una guitarra y un acordeón Hohner, por lo que “me tuve que robar la guaina”. Por consejo del Juez de Paz, de quien era muy amigo, se casó en 1960.
Rememora que se empezó a abandonar el campo en la década del ’60: “La gente se empezó a ir por la comodidad que hay en la ciudad, porque los que estábamos acá trabajábamos, y se va la gente a Buenos Aires, primero ponele una hija,  un hijo se va a Buenos Aires y viene de primera categoría y no trabaja y se lleva un hermano uno, que allá no se trabaja y se vive. Allá la gente se encontraba más cómodo, mucho más diversión, y acá había que trabajar, había mucho trabajo, teníamos gente en cantidad acá. Pero que pasó, que la gente que viene de allá del lado de la ciudad, del pueblo vivía más cómodo vivía sin trabajar y tenía más diversión y vivía mucho mejor, tenía más categoría y nosotros siempre estábamos con menos categoría estábamos acá y aparte no teníamos comodidades. Acá no teníamos camino, esta ruta no había, todo era agua, pajonales. Para sacar la producción esta gente que tenía en ese tiempo, tenían el cachapé que decimos, la volanta… se cargaba cinco toneladas con los bueyes, a los tres días volvía del pueblo. Con cuatro o cinco carros, con los bueyes, a los tres o cuatro días se volvía, con la plata
La vida de Ruperto Arias fue y sigue siendo una vida de trabajo. Trabajó con la pala y con el hacha: “En cuatro descansos cortábamos un quebracho de cuatro metros de ruedo, hoy sigo trabajando todo el día y me siente mucho más cómodo, me olvido de las preocupaciones”. Fue hachero, carpidor, cosechero; cosechaba 100 kilos de algodón por día, en 2009 tuvo un reconocimiento en el 1º Gran Festival del Cosechero.
Reconocimiento otrogado en el 2009
La vida de Ruperto Arias es una vida de lucha por forjar un porvenir mejor y para ello se arremangó, agarró la pala y plantó los horcones. Se ensució, sudó, sufrió calor; pero la casa se construyó. Decía Agustín Tosco que con grandes teorías y discursos solamente, la casa no se construye. Y Ruperto trabajó y plantó los horcones.
Que lo disfrute. Se lo merece.

Gerardo Roberto Martínez
Presidencia de la Plaza (Chaco); 1 de abril de 2016

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