lunes, 26 de enero de 2026

JUSTICIA

 Doña Aurora era correntina, su esposo Crescencio también lo era; vivian en el campo, a dos leguas escasas del río Paraná, donde en las escasas cinco hectáreas que tenían se dedicaban a las tareas agrícolas: unas hectáreas de algodón que le vendían al bolichero de la zona, maíz colorado para los cerdos, maíz amarillo para hacer harina con la cual cocinar el chipá avatí y el mbaipy, unos líneos de mandioca, que reemplazaba el pan en la mesa familiar, porotos, zapallos, la huerta. También contaban con un pequeño rodeo de vacas, las cuales Aurora ordeñaba y hacía queso, los que vendían en el pueblo o sobre la ruta, junto a otros productos de la chacra.

La superficie de campo no era suficiente para mantener en el mismo a las tres lecheras, por lo que estas, luego de ser ordeñadas temprano por la mañana, eran largadas al camino con sus crías, donde pastaban hasta cerca del atardecer, momento en el cual se las buscaba para apartarlas de los terneros y que al día siguiente tuvieran leche suficiente cuando fueran ordeñadas.

Cercano a la casa de Aurora y Crescencio vivía la familia de don Camilo, este estaba enemistado desde siempre con Crescencio; si no eran las vacas de este que entraban en el maizal de aquel eran los chanchos de aquel que comían el mandiocal de este. Pero este distanciamiento parecía reconocer otros orígenes, como dice Mario Millán Medina en su chamamé Las tres cruces, estaban enemistados por su opinión: uno era liberal, el otro autonomista.

Una tarde como tantas otras, Crescencio fue a buscar las vacas que pastaban sobre el camino vecinal, como de costumbre se colocó el .38 en la cintura y se fue caminando. Nunca quedó claro que pasó, pero esa tarde el esposo de doña Aurora no volvió, había sido muerto en el camino: su vecino, don Camilo, lo había matado y luego del hecho fue hasta el destacamento, confesó la autoría y entregó el arma, quedando detenido. En el juicio, el matador alegó defensa propia, en el revólver del muerto faltaba una bala y el mismo había sido disparado; en el revólver del matador faltaba una bala, la que mató al esposo de doña Aurora.

Pasó el juicio, la condena reducida por los atenuantes de la entrega voluntaria, por la confesión del asesinato, por la defensa propia, al cabo de un par de años la libertad por buena conducta y el matador volvió a su casa, la misma casa donde vivía con su familia, a una poca distancia de la casa donde viviera doña Aurora con su difunto esposo. Desde entonces, doña Aurora comenzó a llevar el revólver que fuera de su difunto esposo en la cartera: quien había matado a su marido había pagado su deuda con la ley, pero no le había devuelto la vida a su esposo, no había pagado la deuda que tenía con ella. Y Aurora, la misma noche que estaban velando a su marido, frente a su cadáver se juró que iba a hacer justicia.

Doña Aurora y el matador vivían a corta distancia, participaban de la misma organización, integraban el mismo grupo de productores, ambos participaban de la vida de la comunidad. En las reuniones en las cuales participaban, no se saludaban, no se hablaban; en ocasiones coincidían en las opiniones, en otras tenían ideas diferentes, pero no se dirigían la palabra entre ellos ni discutían, cada uno expresaba sus ideas, hablaba con el resto de los presentes, pero nunca entre ellos.

Cuando conocí a doña Aurora habían pasado más de veinte años del trágico hecho y fue ella misma quien me lo contó, sin resentimientos, sin odios, como algo natural que había sucedido y como si lo que había jurado hacer también fuera algo muy natural.

-“No lo voy a matar en una reunión, delante de personas que nada tienen que ver con nuestros problemas; tampoco voy a ir a su casa, porque su familia también es inocente, ni lo voy a andar buscando. Pero si Dios y la Virgencita quieren, algún día me voy a encontrar con él a solas y ahí, mano a mano, lo voy a matar, como él mató a mi marido”.

Cuando le pregunté si no pensaba que él podía matarla a ella, me respondió:

-“Él mató a mi marido y dijo que mi marido lo había atacado primero, pero él ya no está para defenderse. Yo no sé lo que pasó, eso solo lo sabe Dios. Y si él me mata, será porque había tenido razón y se hará justicia”.

Gerardo Roberto Martínez

Presidencia d ela Plaza (Chaco); 21/06/2021

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