viernes, 3 de febrero de 2017

JÓVENES PLACEÑAS APUESTAN A LA PRODUCCIÓN LOCAL



Poder superarse personalmente, tener un futuro mejora para todas, poder continuar viviendo en el lugar que las vio nacer, poder generar un ingreso propio que les permita ayudar a la economía familiar y contribuir a poder pagarse los estudios secundarios o terciarios que realizan, son algunas de las aspiraciones que tienen las integrantes del grupo de jóvenes rurales de Colonia El Palmar, paraje situado a 25 kilómetros al norte de Presidencia de la Plaza.
Con el propósito de poder cumplir con sus aspiraciones y siguiendo el ejemplo de sus padres, desde hace un tiempo se han comenzado a reunir para implementar un emprendimiento productivo asociativo que les permita seguir estudiando y a la vez les genere un ingreso continuo, no estacional. La alternativa que consideraron más factible es la producción de pollos y huevos, lo que les permitirá destinar una parte al consumo familiar y otra parte a la venta en la localidad de Presidencia de la Plaza, donde hace 17 años funciona una feria franca.
El grupo está constituido por jóvenes que se dedican a actividades rurales junto a sus familias y a la vez estudian en las escuelas agrícolas o en institutos terciarios de la zona. Quienes continúan estudios superiores son egresadas de las Escuelas de la Familia Agrícola de Lote VII (Colonias Unidas). Todas ellas provienen de familias de agricultores familiares que en su momento se dedicaban al algodón, ante la crisis de este cultivo se fueron reconvirtiendo hacia producciones ganaderas de pequeña escala.
Enmarcado en las acciones que desarrolla el INTA a través del Proyecto Regional con Enfoque Territorial Contribución al desarrollo del territorio del centro-norte del Chaco en un marco de equidad social, sustentabilidad y competitividad y de los proyectos locales Desarrollo de la Nueva Ruralidad y Contribución al Desarrollo Territorial del departamento Presidencia de la Plaza, a cargo de los técnicos Gerardo Roberto Martínez y Christian Ferrari, se realizó el pasado lunes 30 de enero una reunión en la Capilla San Cayetano con las integrantes del grupo, a efectos de coordinar los aportes que el INTA puede realizar a efectos de lograr la concreción del proyecto que las jóvenes placeñas han comenzado a diseñar.

Gerardo Roberto Martínez
Presidencia de la Plaza (Chaco); 3 de febrero de 2017

jueves, 2 de febrero de 2017

ERNESTO BLAS LIVA

Nacido el 3 de febrero de 1938, día de San Blas, Ernesto es nieto y bisnieto de inmigrantes friulanos llegados en marzo de 1878 a Colonia Resistencia. Francisco Liva y María Sabadini, sus bisabuelos, llegaron con sus tres hijos mayores, entre ellos Juan –su abuelo– de 3 años, que sería el padre de José Liva al casarse con María Bonfanti.

Su padre, José, llegó desde El Zapallar (hoy General José de San Martín) en 1917 y se instaló en la zona que actualmente se conoce como El Palmar y que durante mucho tiempo fuera conocida como Cañada Liva. José Liva, nacido en 1893, se casó con Lucía Serafini y en 1929 compró el campo que era del cacique José de La Cruz, en la entrada de colonia Vieytes; en esa casa nació y se crio Ernesto. Integrante de una familia formada por 10 hermanos: cinco mujeres y cinco varones, de los cuales es el menor, cursó los estudios primarios en la Escuela 131 de la colonia Herrera, llamada así porque en esa zona vivía la familia de Cristóbal Herrera, quien donó el terreno para la escuela; fue alumno de Juan Carlos Anabia y Casimiro Porta.

Recordando su infancia, cuenta que traer el algodón desde El Palmar a Presidencia de la Plaza insumía tres días de viaje; al regresar llevaban toda la mercadería para el año, que consistía en aquellos productos que no se podían producir en la chacra. Herederos de una cultura donde la gran mayoría era experta en explotación granjera y de tambo, así como en la fabricación de vino, queso, manteca y otros comestibles, casi nada se compraba porque todo se producía: “… para aceitar las ensaladas, fritábamos el tocino y la grasa que daba le echábamos a las verduras, después le poníamos vinagre”.

Pocos meses después de la muerte de su mamá en 1959, fue exceptuado de cumplir el servicio militar. Con cuatro de sus hermanos se trasladó al campo familiar situado en El Palmar, donde continuo con el trabajo de la chacra, a la que siempre se dedicó, porque asegura “…que en la chacra viene un año bueno, uno regular y uno malo”. Mientras el algodón fue el “oro blanco” siempre fue este su cultivo principal.

Todos traíamos cosecheros de Corrientes, cada uno ya tenía sus cosecheros con los que trabajaba de un año para el otro. Yo tenía cosecheros de Corrientes, cuando estaba por empezar la cosecha les mandaba una carta y venía uno a buscar la plata y se volvía para traer a las restantes familias. Cuando había mal tiempo, pedían la liquidación y uno se iba a Corrientes a llevar la plata de todos. Había confianza en esa época, ni recibo firmábamos (Liva, 2016).

En el camioncito modelo 1937 que le compró a su hermano Albino, al que le alargó la caja para cargar hasta 6 toneladas de algodón, transportaba la producción a la Cooperativa Unión y Progreso, de la cual su padre -asociado Nº 16-, fue uno de los fundadores y tesorero del primer Consejo de Administración. Cuando Biancalani construyó la Ruta 7 entre 1961 y 1962, Albino compró un camión Ford 8 Modelo 61 para acarrear tierra; ese camión le compró luego y le puso un motor diésel.

Recuerda que: “En 1963 hubo una creciente muy grande que se llevó todas las alcantarillas, con mi hermano Albino llevábamos un tablón en el camión y lo poníamos para poder pasar, luego levantábamos y seguíamos. Así podíamos venir hasta Plaza”.

Así como se declara hincha de Racing Club de Avellaneda, declara que siempre fueron hinchas del tractor Farmall, ya que su papá compró el primer tractorcito, un Farmall 12 para dos surcos en 1940, en 1950 compró el Farmall M, agricolero, para cuatro surcos, luego un Súper M diésel en 1954.

Casado desde 1957 con Cecilia Dora Obregón, es padre de dos hijos y abuelo de cinco nietos, quienes ya lo ha hecho bisabuelo. Aunque hace 40 años que vive en el pueblo, la mayoría de los amaneceres lo encuentran trabajando en su campo, donde tiene sus raíces, profundamente arraigadas en ese suelo al que su familia le diera nombre.

Gerardo Roberto Martínez

lunes, 30 de enero de 2017

ADRIANA JUANA DOESWIJK



ADRIANA JUANA DOESWIJK

La historia de los pueblos no es lo que se escribe, lo escrito es un relato de lo sucedido y de acuerdo a quien escriba ese relato, serán las versiones de la historia. En general nuestra historia es la historia escrita por los vencedores y, generalmente, machista. Una sociedad cuanto más democrática es, mayores versiones tendrá respecto a su propia historia, porque la realidad es única, pero cambian los pedestales desde donde se la mira. Y en la historia oficial, escrita desde los que dominan, parece que la historia solo la hacen los grandes próceres, desconociendo (o no queriendo conocer) que es la sumatoria de las historias de quienes vivieron en esos pueblos, que es la sumatoria de las historias individuales las que ayudaron a construir una historia colectiva. Para entender el presente, se hace necesario saber de dónde se viene, ya que la actualidad es la consecuencia del pasado y este presente es la consecuencia de aquel.
Edward P. Thompson habla de la historia de los de abajo. Recordar la historia de las personas es rendir un homenaje a quienes construyeron la historia de cada comunidad a través de su trabajo en las instituciones, en su vida individual, en su familia. Domenico Strada dice: “Recuerda el pasado solo si puedes aprender de él”. Y para aprender nuestra historia, para rendir homenaje a quienes construyeron este presente que vivimos, es bueno rendir homenaje a quienes han sido sus protagonistas.
Entre esos protagonistas se encuentra Adriana Johanna Doeswijk, nacida el 31 de enero de 1932 en Voorschoten, un municipio de la provincia de Holanda Meridional en los Países Bajos; hija de Cornelis Andreas Doeswijk y Wilhelmina Catarina Knijnenburg, una familia de larga tradición campesina. Huérfana de madre cuando aún no había cumplido los dos años de edad, tuvo que sufrir la invasión de su país por el ejército alemán en 1940, la hambruna holandesa de 1944, la ocupación de los ejércitos aliados que fueron a liberarlos de los nazis en 1945, el inicio de la posguerra sufriendo las nefastas consecuencias de la guerra. Esta situación motivo a que su padre, quien nuevamente se había casado, decidiera venir a la Argentina en 1948, con todo su grupo familiar, constituido por 15 personas. Luego de trabajar en tambos en la provincia de Santa Fe y Buenos Aires, en 1953 Cornelis Doeswijk pudo comprar un campo en el loteo que estaba realizando la Estancia La Ciudadela, en el partido de General Viamonte, donde pudieron comenzar el sueño de construir algo propio.
En 1957, Adriana se casó con José Fassler, un suizo llegado con los monjes que vinieron a fundar el Monasterio Benedictino, con quien tuvo 9 hijos y a quien acompañó en todo momento y en todos los emprendimientos que realizaran en la chacra, porque al igual que aquella inmigrante a la que homenajeara Luis Landriscina “la gringa era arisca para andarse con pereza y a todo le puso el lomo sin preguntar cuánto pesa”. Ordeñar las vacas, hacer queso, alimentar los cerdos, atender las gallinas, cultivar la huerta sin desatender el cuidado de su familia, eran las tareas cotidianas. “Yo tenía herramientas con las cuales salía a hacer trabajos afuera y fue ella la que tuvo que soportar la carga de cuidar de la chacra” rememora José; “cuando trabajaba afuera volvía a la una, las dos de la mañana; yo le decía que me deje la comida y se acueste a descansar, pero ella siempre me esperó para cenar juntos”.
Mujer de pocas palabras, no era demasiado afecta a las conversaciones, donde prefería escuchar antes que hablar; sin embargo, cuando hablaba mostraba una gran cultura, adquirida de las lecturas que realizaba. Economista recibida en la universidad de la vida, aplicaba los conocimientos empíricos aprendidos en una vida de necesidades a administrar el hogar con recursos escasos; haciendo la ropa para la familia, lavando y secando la ropa a la sombra para que el sol no la decolore y se conservara como si fuera nueva, pintando los zapatos, era su orgullo que sus hijos estuvieran bien vestidos. Uno de sus hermanos la recuerda alumbrada con un “sol de noche”, zurciendo las bolsas de arpillera, compradas de segunda mano para guardar el fruto de las cosechas.
El 29 de noviembre de 2003, después de almorzar con su esposo, fueron a dormir la siesta. Al despertar, lo miró y sin decir palabra, como había vivido, partió hacia la eternidad esa mujer de la cual uno de sus hermanos dijo: “Todas mis hermanas son muy buenas mujeres y no menosprecio a ninguna, pero sin dudar, Adriana era una santa”.
Gerardo Roberto Martínez
Presidencia de la Plaza (Chaco), enero de 2017
Foto: Gentileza Mónica Margarita Fassler.